Recuerdos de una cooperante

Han pasado más de dieciséis años desde que me lancé a esta actividad, que aunque sea un voluntariado, hay que considerarlo como una contribución u ocupación sin retribución económica, pero sí con una compensación personal impagable.

Ya cuando estudiaba enfermería me rondaba la idea de colaboración. Era la época en la que apareció el boom de las ONGs laicas. La mayoría de las organizaciones de ayuda tenían sus proyectos en el Sur y Centro  América, además de Asía y países  africanos, por lo que estas ONGs requerían personal sanitario con un segundo idioma inglés o francés hablado a la perfección, conjuntamente con preparación para la docencia, así como dotes de liderazgo para organizar, administrar, formar, etc…

Yo no entendía que predominara todo esto, en vez de pedir profesionales para la atención directa a los pacientes, que era lo que yo quería hacer. Esto paralizó momentáneamente mi afán de salir a cooperar. El tiempo me hizo ver que estaba equivocada, pues generalmente estos países tienen personal sanitario local muy válido, a veces escaso, pero que conocen a su comunidad y las enfermedades que padecen. Lo que necesitaban era formación en técnicas específicas, procedimientos y tratamientos nuevos. Habitualmente los cuidados con los medios adecuados los sabían realizar, aunque no dispusieran de muchos recursos.

A los pocos años de licenciarme en Farmacia, por casualidad, me salió la oportunidad de hacer un voluntariado en Brasil y no me lo pensé dos veces. Era para gestionar la compra y distribución de medicamentos en distintos poblados  de cuatro etnias, cada una con su cultura, sus costumbres y creencias. Estaban en el Amazonas y Para, dos departamentos de Brasil aislados, ya que no disponían de muchos medios de transportes terrestres, y que estaban rodeados de terrenos selváticos y ríos, por lo que la comunicación se debía de hacer por vía fluvial.

El trabajo consistía en hacer un estudio de las enfermedades prevalentes en esas comunidades, para poder suministrar  botiquines con el material y fármacos que se preveían necesarios para la atención médica. En los periodos de tiempo en los que no llegaba un profesional sanitario cualificado, esta labor era suplida por un agente de salud formado para un cuidado básico y que supiera reconocer las enfermedades más graves para alertar y trasportar a los pacientes a los hospitales de las ciudades cercanas. Yo soñaba con el día que tenía que salir de las oficinas para hacer la distribución y así tener la oportunidad de ver como vivían, hacer “atendimientos”, como ellos llamaban a las consultas y curas. Lo que disfruté no lo puedo describir, es algo que no olvidaré jamás.

Otra de mis mejores  e intensa experiencia  fue en Guatemala, ya que tenía que coordinar la construcción y puesta en marcha de una farmacia hospitalaria, compra de medicamentos, formación de personal sanitario a distintos niveles del hospital y de comunidades adscritas al mismo, además de los voluntarios y voluntarias de las clínicas parroquiales que recibían y  donaban  medicamentos a las personas con más necesidades.

Me di cuenta que en cooperación tienes que aprender de todo, comenzando por leyes sanitarias de cada país para seguir la normativa vigente, tanto para la compra como para las donaciones de medicamentos, política de antibióticos, etc y terminando por conocer procedimientos legales para los permisos de obra, planos, materiales, bajantes, desagües, tomas de luz y agua, comprar y montar estanterías…

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Por tener ya vivencia, el voluntariado de Senegal fue más fácil, me supuso una excelente aportación  profesional, ya que pasábamos consulta a mujeres embarazadas y visitábamos maternidades, muy distinto a lo que yo había hecho antes.

La etapa más continua en cooperación es desde que decidí meterme de forma activa en “Farmacéuticos en Acción”, la ONG a la que pertenezco. No lo hice sin pensar, estuve yendo durante varios meses a las reuniones y viendo como elegían, identificaban, formulaban los proyectos, que estos eran viables y se inspeccionaban después de la ejecución. Comprobé que iban dirigidos a grupos marginados (mujeres, niños, discapacitados, personas sin recursos…), vi que lo que se intentaba era que los proyectos fueran autosostenibles, que perduraran en el tiempo y que siguieran funcionando cuando la ayuda externa cesara.

Lo que me atrajo, fue que era una organización pequeña, el personal de la Junta Directiva trabaja de forma altruista, pagándose sus viajes cuando salen a valorar los proyectos.  Precisamente tuve la oportunidad de ir a Costa de Marfil con un amigo socio de Farmacéuticos en Acción y Almudena Alhambra (Vicepresidenta).  Fuimos a evaluar el proyecto de nutrición para niños y niñas con carencias alimentarías. Esto nos permitió ver su forma de vida, ya que visitábamos a las familias, nos invitaban a entrar en sus casas y supervisábamos como cocinaban los alimentos que recibían del proyecto y daban a los niños y niñas del programa. Nosotros comprobábamos la mejora de peso y se hacia el seguimiento con analíticas para ver la recuperación de las alteraciones nutricionales.

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 Al finalizar el viaje, reflexionando solo podíamos decir cosas positivas, lo que emocionalmente nos había aportado, las muestras de agradecimiento y cariño que te dan, con lo poco que tienen todo te lo ofrecen, los recuerdos y lo vivido allí, fue incalculable. Nos hizo ver lo “afortunados que somos”.

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 Recordando esto, me hace pensar continuamente en la  injusticia, lo que puede cambiar una vida dependiendo que nazcas a un lado o al otro del mundo. Cada una de las experiencias vividas me han aportado nuevos conocimientos personales y profesionales que no se aprenden en las facultades, pero sí en la “escuela de la vida, visitando estos lugares y conociendo a sus gentes”.

 

Teresa Herrero de Frutos

Vocal y voluntaria de Farmacéuticos en Acción

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